Trabajos 3º E.S.O. B

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    lunes, enero 22, 2007

    El Islam en el S.XXI

    El Islam en el siglo XXI

    El Islam del siglo XXI no puede ser más que el Islam eterno, pues el Islam
    no es una religión entre otras, sino la religión fundamental y primera desde
    Adam hasta nosotros, desde que Dios, como dice el Corán:
    “...insufló en el hombre Su espíritu.”

    No hay un Islam de Occidente y un Islam del África Negra, ni de Arabia ó la
    India, ni un Islam de Indonesia. No hay más que un sólo Islam, aquél que el
    Corán denomina “la sunna de Dios”, la continuidad de las revelaciones
    proféticas en el último mensaje, el de Muhámmad.
    Nuestra tarea primordial es la de atestiguar nuestra creencia islámica
    viviéndola en su universalidad, y no la de defender un folklore y unas
    tradiciones culturales particulares.
    El profeta Muhámmad jamás pretendió crear una religión nueva —“No soy un
    innovador entre los profetas”. — sino que viene a recordar a todos los
    hombres la religión primordial:
    “Así pues, dirige tu rostro con firmeza hacia la fe verdadera y perenne,
    como hanif, conforme a la disposición natural que Dios ha infundido al
    hombre: pues no permitir que ningún cambio corrompa lo que Dios ha creado
    así, tal es el propósito de la fe verdadera y perenne; pero la mayoría de la
    gente no lo sabe.
    “Decid: Creemos en Dios, en lo que nos ha sido revelado, en lo que le fue
    revelado a Abraham, a Ismail, a Isaac, a Jacob, y a las tribus. Creemos en
    lo que le fue dado a Moisés, a Jesús, y a lo que se le otorgó a los Profetas
    de su Señor. No hacemos distinción alguna entre ellos y lo someternos a
    Dios.
    El profeta Muhámmad ha sido enviado por Dios para confirmar los mensajes
    anteriores, purificándolos de las alteraciones históricas a las que han sido
    sometidos, y completarlos.
    Se exige al musulmán que honre a los profetas anteriores, lo que implica el
    conocimiento de ellos. Así lo dice el Corán:
    “Si tienes duda sobre aquello que te hemos revelado, pregunta a los que
    leían la Escritura revelada con anterioridad a ti”.
    Nuestra fe se verá empobrecida si la proclamamos como la mejor ¡simplemente
    porque ignoramos las restantes! El encerrarnos en nosotros mismos, la
    vanidad y la autosuficiencia son, actualmente, los obstáculos mayores para
    la difusión del Islam en el mundo no musulmán.
    El mensaje esencial y universal del Islam, denominador común de todas las
    religiones y de todas las sabidurías del mundo, abarca lo siguiente:
    — De la trascendencia y unidad de Dios.
    — De la comunidad de los hombres.
    — De su responsabilidad.
    De la trascendencia
    La trascendencia implica las afirmaciones siguientes:
    1. La seguridad de que Dios es único —Tawhid:
    “Si existieran más dioses que Dios, sería el caos. Y qué está por encima de
    toda realidad humana
    2. Que Él es el Creador de todas las cosas y, en consecuencia, que no nos
    bastamos con nosotros mismos:
    “El hombre se vuelve un ser impío en cuanto se considera autosuficiente”.
    3. De este principio de unidad y de esta conciencia de nuestra ‘dependencia’
    del Dios Creador —siendo la autosuficiencia lo contrario de la
    trascendencia— fluye el tercer aspecto de la fe en la trascendencia: el
    reconocimiento de los valores absolutos que están por encima de los
    intereses egoístas de los individuos, de los grupos y de las naciones.
    De la comunidad de los hombres
    La segunda revelación del mensaje es, después de la trascendencia, la
    comunidad (Ummah). El principio comunitario es contrario al que rige el
    individualismo. Para éste, el hombre como individuo es el centro y la medida
    de todas las cosas.
    En la perspectiva islámica de la comunidad, cada cual tiene conciencia de
    ser personalmente responsable de todos los demás. La humanidad es una porque
    Dios, su Creador, es uno. Todos los hombres tienen el mismo origen y son
    creados para el mismo fin:
    “Todos los hombres constituyen una misma comunidad”.
    De su responsabilidad
    La tercera revelación del mensaje, después de la trascendencia y la
    comunidad, es la responsabilidad. El Islam es contrario al fatalismo y a la
    resignación. Es una fuerza subversiva e innovadora porque incluye únicamente
    sumisión a la voluntad de Dios y hace que el hombre sea responsable del
    cumplimiento de la orden divina sobre la tierra.
    Todo en la naturaleza está sometido a la ley de Dios, es ‘muslim’ (musulmán
    quiere decir “sometido a Dios”): una piedra en su caída, un árbol en su
    crecimiento, un animal en sus instintos, están sometidos a la ley de Dios:
    “Nuestro Señor es el que ha dado a cada cosa su forma y su ley, y la ha
    guiado hasta su pleno desarrollo.
    Sólo el ser humano tiene el terrible privilegio de poder desobedecer:
    “Hemos propuesto este mandato —ámana— [de la fe, de la libertad y, por
    tanto, de la responsabilidad] a los Cielos, a la tierra, y a las montañas,
    pero todos se han negado a asumirlo; tuvieron miedo. El hombre, en cambio,
    se hizo cargo. Es, ciertamente, muy impío, muy ignorante.
    Si se convierte en ‘musulmán’, es decir, si responde incondicionalmente a la
    llamada de Dios, según el ejemplo de Abraham, “el Padre de la fe”, mediante
    la aceptación de ser guiado por Dios, lo hace por un acto voluntario, libre
    y responsable.
    Por eso Dios hace que los ángeles —los cuales no tienen poder de
    desobedecer— se inclinen ante él.
    “Cuando haya insuflado en él de Mi Espíritu, prosternáos ante él.”

    Cuando en el Corán se dice ‘no’ a la enemistad en materia religiosa —2-256—
    no se trata únicamente de excluir la enemistad física, militar o policial,
    sino también toda inquietud interior, espiritual; el Corán subraya:
    “La verdad emana de vuestro Señor, así pues el que quiera que crea y el que
    no, que permanezca incrédulo”
    También Dios dice:
    “Le hemos mostrado el camino justo, que lo acepte con agradecimiento o que
    lo rechace.
    Dios, nos dice el Corán, ha hecho del hombre su jalifa en la tierra. Un
    jalifa no es un ejecutante subalterno y pasivo, sino un dirigente
    responsable, encargado de tomar decisiones. Esta función no es privilegio de
    algunos: es la tarea de todo musulmán:
    “Vosotros los creyentes, sois responsables de vosotros mismos.
    La quiebra de una civilización
    Proclamar “Allahu Akbar” —Dios es el más Grande— es relativizar todo poder,
    toda riqueza y todo saber. Ante este grito de fe, hemos visto bajar las
    armas de las más insolentes armadas.
    La necesidad de este mensaje expresa hoy la más evidente quiebra espiritual
    del Occidente. Miles de hombres y mujeres en todo el mundo que aman el
    futuro, sea cual sea su fe, se dan cuenta de que la civilización ha caído en
    quiebra, y de que abandonarse a sus embates conduce a un suicidio
    planetario.
    La deuda de los países del llamado Tercer Mundo se agrava de año en año, y
    la separación no cesa de acrecentarse: el Norte siendo cada vez más rico y
    el Sur cada vez más pobre.
    Después de cinco siglos de hegemonía sin tregua de Occidente en el mundo
    entero, no podríamos imaginar una gestión planetaria más desastrosa.
    La causa profunda de esta política del Occidente —desde lo que denomina su
    ‘Renacimiento’, es decir, desde el nacimiento simultáneo en la Europa del
    siglo XVI del capitalismo y del colonialismo— es el abandono de la fe y su
    sustitución por la voluntad de poder.
    A partir del momento en que una comunidad no reconoce unos valores definidos
    para encauzar la acción, ya no le queda más que los enfrentamientos entre
    las voluntades de poder, de placer y de crecimiento. Es la guerra de todos
    contra todos.
    Occidente se encuentra en esta situación. Su verdadera religión es la fe
    ciega en un dios escondido: el acrecentamiento, es decir, el deseo de
    producir más y más, y cada vez más deprisa, no importa qué cosa sea: útil,
    inútil, nos sirva o sea mortal como el armamento, que es una de sus
    industrias más rentables. Este dios escondido es un dios cruel: exige
    sacrificios humanos.
    Lo que caracteriza al culto de este falso dios, es que prima la capacidad
    del hombre sobre la trascendencia de Dios, y el individualismo sobre la
    comunidad.
    La ‘presunción’ del hombre está proclamada, desde el Renacimiento, en el
    Fausto de Marlowe: “Hombre: por tu poderoso cerebro, conviértete en un dios,
    dueño y señor de todos los elementos”.
    El individualismo es la vuelta, desde el pretendido ‘Renacimiento’, a la
    máxima de los sofistas de la antigua Grecia: “El hombre es el centro y la
    medida de todas las cosas”.
    Esta quiebra de civilización ha engendrado una cultura de la desesperanza.
    Los falsos profetas de la nada y del absurdo reflejan este caos como si
    fuera inevitable y eterno, en lugar de intentar superarlo; enseñan a nuestra
    juventud que la vida no tiene sentido.
    Si la vida no tiene sentido, todo es lícito, hasta el crimen. Y nos
    entregamos a todas las violencias animales entre los individuos, los grupos
    y las naciones: el “equilibrio de terror” se convierte en la ley de estas
    relaciones bestiales entre los hombres, en todos los niveles de la vida
    social.
    La negación del sentido de la vida y de la existencia de los valores
    absolutos ha hecho de la ciencia y de la técnica, admirables medios al
    servicio del hombre, unos fines en sí mismos, tratando de hacernos creer que
    la ciencia y la técnica pueden resolver todos nuestros problemas, y que los
    problemas que ellas no resuelven —los del amor, de la belleza, del sentido
    de la vida— no existen.
    Esta “religión de medios”, erigiendo unos medios para sus propios fines
    —creando falsos dioses; ciencia, técnica, estado, dinero, sexualidad,
    desarrollo— ha creado un nuevo politeísmo y nuevas supersticiones, ha
    transformado la ciencia en positivismo, la técnica en tecnología, la
    política en maquiavelismo.
    El problema fundamental es, pues, devolver al hombre sus dimensiones
    propiamente humanas: la fe en la trascendencia, en Dios, en la comunidad
    humana, y la conciencia de nuestra responsabilidad personal.
    El Islam como alternativa
    Decir que el Islam puede hoy aportar soluciones a los problemas planteados
    por la quiebra de la hegemonía occidental no significa:
    —Que pueda llevarlo a cabo solo.
    —Que guarde soluciones preparadas para los problemas de nuestro tiempo.
    Por el contrario, los dos principales obstáculos para el florecimiento del
    Islam contemporáneo son:

    a) La presunción y la ignorancia de los otros. El Islam temprano, el del
    primer siglo de la Hégira, se extendió en menos de un siglo desde el Indo a
    los Pirineos, no por la conquista militar, sino porque supo integrar a todas
    las grandes culturas anteriores y extraer una síntesis inédita, creadora, y
    porque millones de creyentes de todas las religiones se han identificado con
    él. El Islam sólo puede reemprender su marcha mediante la apertura a todas
    las sabidurías y a todas las creencias que pueda reunir.
    b) El triunfalismo, la presunción mortal de poseer respuestas hechas,
    formuladas mil años atrás por sus juristas y sus tradiciones.
    Decir que el Corán “no ha omitido nada” es decir que nos ha dado un sendero
    eterno, que ha definido los últimos y absolutos fines de nuestra acción. Lo
    que no excluye la responsabilidad, para el hombre, de descubrir en cada
    época, en condiciones siempre nuevas, los medios de realizar estos fines.
    Tratar de deducir del Corán o de la Sunnah una economía política acabada,
    una constitución política, o una enciclopedia sería reducir de forma
    ridícula el mensaje eterno a unas instituciones o teorías transitorias y
    coyunturales.
    El mensaje revelado nos aporta infinitamente más: los fines, los principios
    rectores eternos, inmutables, encaminando nuestra vida interior y todas
    nuestras acciones, públicas o privadas; para elaborar, en cada época, por
    medio de su interpelación siempre nueva, las respuestas a los problemas de
    la economía, la política y la cultura contemporáneas.
    Estos principios son simples:
    —en el plano económico: sólo Dios posee;
    —en el plano político: sólo Dios gobierna;
    —en el plano cultural: sólo Dios sabe.
    Sólo Dios posee
    “Todo lo que está en el cielo y en la tierra pertenece a Dios” dice el
    Corán.
    El hombre, su jalifa sobre la tierra, está encargado de dirigir, en el
    camino de Dios, esta propiedad.
    Esta concepción es opuesta a la del derecho romano que define la propiedad
    como “el derecho de utilizar y de abusar”.
    Para el musulmán, por el contrario, los deberes son anteriores a los
    derechos.
    El hombre, responsable de la propiedad de Dios, no puede disponer de ella a
    su gusto: no puede destruirla según su capricho, no puede gastarla, no puede
    dejarla en baldío, sin darle productividad por su trabajo, no puede
    amontonarla:
    “Anuncia un doloroso castigo a los que atesoran el oro y la plata sin gastar
    nada en el camino de Dios.
    Y la peor maldición, en el Corán, es la formulada contra el rico Abu Lahab,
    al cual su misma fortuna le condena: “que sus dos manos mueran, y que muera
    él mismo”, y es prometido a las llamas infernales (Sura 111).
    Todas las prescripciones del Corán, particularmente el zakat, transferencia
    social de la riqueza como exigencia religiosa, y la prohibición del riba, es
    decir, de todo enriquecimiento sin trabajo al servicio de Dios, tienden a
    impedir la acumulación de la riqueza en un polo de la sociedad y de la
    miseria en el otro.
    Dios, en el Corán, excluye radicalmente todo régimen social en el cual el
    dinero sea el fundamento de una jerarquía política. Por el contrario, dice
    sin lugar a dudas:
    “Cuando queremos destruir una ciudad... hacemos a los ricos detentadores del
    poder.
    Sólo Dios gobierna
    El Profeta creó en Medina una comunidad de un tipo radicalmente nuevo, que
    no está basada en el linaje, ni en la raza, ni en la posesión de un
    territorio, ni en unas relaciones de mercado, ni siquiera en una cultura
    común o en una historia; en definitiva, que no se fundamenta sobre nada que
    emane del pasado y que sea una herencia recibida, sino que crea una
    comunidad fundada exclusivamente en la fe, en esa respuesta incondicional a
    la llamada de Dios, cuyo ejemplo eterno nos lo ha dado Abraham. Tal
    comunidad está abierta a todos, sin considerar el origen.
    Nada, por ejemplo, es más contrario al espíritu de esta Ummah musulmana que
    la idea occidental del nacionalismo, es decir, de un mercado protegido por
    un Estado, y justificado por una mitología racial, histórica, o cultural. Se
    tiende hacer de la “nación” un fin en sí, en contradicción con la unidad
    humana, que es un caso particular del tawhid, llave de la bóveda de toda
    visión islámica del mundo.
    Así mismo el principio coránico de la shura, de la concertación, exige que
    en todo dominio y a todos los niveles, los miembros de la comunidad sean
    consultados para participar, bajo la mirada de Dios, en la elaboración y en
    la aplicación de las decisiones de cuyo destino depende. Este principio
    excluye a la vez todo el despotismo de un hombre, de una clase o de un
    partido, así como toda forma de democracia puramente estadística, delegada y
    alienada.
    Con respecto a la economía, nos atañe descubrir los medios para alcanzar
    estos fines, para aplicar estos principios inevitables en las condiciones
    históricas inéditas de nuestras sociedades, combatiendo el positivismo
    tecnocrático, el maquiavelismo político, los enfrentamientos nacionalistas
    arcaicos y perversos, los intercambios desiguales, la polarización de los
    bloques, y los equilibrios del temor.
    Sólo Dios sabe
    Al mismo tiempo que del triunfalismo esterilizador, debemos guardarnos de la
    ilusión de que se pueda encontrar en el pasado, sin esfuerzo de reflexión y
    de búsqueda, unas soluciones económicas para resolver nuestros problemas
    actuales, o bien una constitución política resuelta.
    Sería pueril reducir el Corán a una Enciclopedia, dispensando el esfuerzo
    encarnizado de búsqueda científica y técnica que hizo del mundo islámico el
    centro radiante de la cultura mundial en tiempo de la Universidad, esfuerzo
    de traducción y de asimilación de todas las grandes culturas del pasado, de
    Grecia y de Roma, de Persia y de la India, según la obligación islámica de
    ir a buscar la ciencia hasta en la China. De ese esfuerzo nació una síntesis
    original y una cultura orientada por la fe.
    El principio de base es que, al igual que sólo Dios posee, sólo Dios
    gobierna y sólo Dios sabe. Esto excluye la pretensión faraónica de usurpar
    el poder de Dios, o la ilusión de conservar un saber adquirido, absoluto,
    alcanzando un conocimiento de las causas primarias y de los últimos fines.
    El ejemplo de la Universidad Musulmana de Córdoba en el siglo X constituye,
    bajo este punto de vista, un modelo a través del cual hacer revivir el
    espíritu para desarrollar, en nuestra época, las ciencias de tal forma que
    no sirvan para la destrucción del hombre, sino para su expansión hacia el
    camino de Dios.
    En esta Universidad Musulmana de Córdoba, de los siglos X al XIII, floreció
    la cultura en su forma total bajo tres aspectos:
    — La ciencia: creando un método experimental para descubrir las relaciones
    entre las cosas y la interrelación de las causas.
    — La Sabiduría: como reflexión sobre el sentido de cada cosa, de su relación
    con Dios, en un mundo armonioso y único, donde la vida tiene una
    significación y una meta.
    — La fe: como testigo de que la ciencia no alcanza jamás la causa primera,
    ni la sabiduría el último final. La fe como conciencia de nuestros límites y
    de nuestros postulados. La fe como razón sin fronteras.
    Tal concepción de la ciencia y de las técnicas permitiría hoy, y es lo que
    le da su actualidad, impedir que nos conduzcan a un suicidio planetario.
    ¿Cómo trabajar en este renacimiento del Islam?

    Primeramente aprendiendo a leer el Corán, la “sunna de Dios”, y la del
    Profeta, tal y como el Corán nos ordena leerlo:
    —No leer el Corán ni la Sunna con ojos de muerto.
    —Dios ha dictado el Corán. Ha inspirado al Profeta.
    Son hombres, sin embargo, los que han escuchado e interpretado la “Sunna de
    Dios” y del Profeta. Hombres de fe y juristas pertenecientes a una época
    determinada de la historia. Nos apartamos de los estudios con respeto y con
    toda nuestra fe, con el deseo de resolver, según su ejemplo, nuestros
    problemas inspirándonos en unos métodos ideados para vivir el Corán en el
    nuevo imperio árabe, es decir, en unas condiciones históricas profundamente
    diferentes a las de la comunidad de Medina.
    No debemos dividirnos entre musulmanes tomando parte en querellas de otras
    épocas. Aquellos que actualmente dividen a los sunnitas de los chiítas son
    enemigos de todos los musulmanes. Pues no existe más que un Islam.
    No debemos tomar partido entre las escuelas jurídicas, porque cada una de
    ellas ha intentado resolver los problemas de otros tiempos y de otros
    pueblos. Su tarea no era la de resolver los nuestros, ni la de eludirnos de
    esta responsabilidad.
    El Profeta Muhámmad ha aportado un mensaje eterno y universal, dirigiéndose
    a todas las familias de la tierra.
    Está dicho en el Corán “Dios está presente en cada realidad nueva” (IV, 29).
    Y “no cesa de crear” (XXXV, 1). “Es el Viviente” (II, 255). No se dirige a
    seres muertos: debemos responder a esta interpelación eternamente viviente.
    — Sin imitación de Occidente.
    — Sin imitación del pasado.
    Consiste en imitar al Occidente desligar del Corán 220 versículos
    legislativos de entre más de 6.300, tratándolos según los métodos juristas
    romanos, es decir, tomarlos literalmente como artículos de leyes y deducir
    mecánicamente su aplicación, cualquiera que sea la época y la circunstancia.
    La revelación del Corán es opuesta al derecho romano. El derecho romano
    anuncia leyes abstractas de donde no queda más que deducir, por vía de
    silogismos, a la manera de Aristóteles, las consecuencias aplicables a tal o
    cual caso concreto.
    La revelación del Corán nos da ejemplos concretos de soluciones aportadas a
    un problema histórico determinado a partir de unos valores absolutos, de los
    principios inevitables y eternos emanados del mensaje.

    Dios nos dice:
    “Hemos propuesto a los hombres, en este Corán, toda clase de ejemplos.
    Probablemente reflexionarán”
    Esta “reflexión sobre los ejemplos” no debe ser una deducción mecánica, una
    caída del principio a sus consecuencias, sino, al contrario, una elevación,
    a partir del ejemplo histórico concreto, al principio eterno, absoluto, que
    ha inspirado esta solución y, después de haber reflexionado, volver hacia lo
    concreto para encontrar, por analogía, una respuesta a un problema histórico
    nuevo, inédito.

    Trabajo realizado por Sandra Navarro