El Islam en el S.XXI
El Islam en el siglo XXI
El Islam del siglo XXI no puede ser más que el Islam eterno, pues el Islam
no es una religión entre otras, sino la religión fundamental y primera desde
Adam hasta nosotros, desde que Dios, como dice el Corán:
“...insufló en el hombre Su espíritu.”
No hay un Islam de Occidente y un Islam del África Negra, ni de Arabia ó la
India, ni un Islam de Indonesia. No hay más que un sólo Islam, aquél que el
Corán denomina “la sunna de Dios”, la continuidad de las revelaciones
proféticas en el último mensaje, el de Muhámmad.
Nuestra tarea primordial es la de atestiguar nuestra creencia islámica
viviéndola en su universalidad, y no la de defender un folklore y unas
tradiciones culturales particulares.
El profeta Muhámmad jamás pretendió crear una religión nueva —“No soy un
innovador entre los profetas”. — sino que viene a recordar a todos los
hombres la religión primordial:
“Así pues, dirige tu rostro con firmeza hacia la fe verdadera y perenne,
como hanif, conforme a la disposición natural que Dios ha infundido al
hombre: pues no permitir que ningún cambio corrompa lo que Dios ha creado
así, tal es el propósito de la fe verdadera y perenne; pero la mayoría de la
gente no lo sabe.
“Decid: Creemos en Dios, en lo que nos ha sido revelado, en lo que le fue
revelado a Abraham, a Ismail, a Isaac, a Jacob, y a las tribus. Creemos en
lo que le fue dado a Moisés, a Jesús, y a lo que se le otorgó a los Profetas
de su Señor. No hacemos distinción alguna entre ellos y lo someternos a
Dios.
El profeta Muhámmad ha sido enviado por Dios para confirmar los mensajes
anteriores, purificándolos de las alteraciones históricas a las que han sido
sometidos, y completarlos.
Se exige al musulmán que honre a los profetas anteriores, lo que implica el
conocimiento de ellos. Así lo dice el Corán:
“Si tienes duda sobre aquello que te hemos revelado, pregunta a los que
leían la Escritura revelada con anterioridad a ti”.
Nuestra fe se verá empobrecida si la proclamamos como la mejor ¡simplemente
porque ignoramos las restantes! El encerrarnos en nosotros mismos, la
vanidad y la autosuficiencia son, actualmente, los obstáculos mayores para
la difusión del Islam en el mundo no musulmán.
El mensaje esencial y universal del Islam, denominador común de todas las
religiones y de todas las sabidurías del mundo, abarca lo siguiente:
— De la trascendencia y unidad de Dios.
— De la comunidad de los hombres.
— De su responsabilidad.
De la trascendencia
La trascendencia implica las afirmaciones siguientes:
1. La seguridad de que Dios es único —Tawhid:
“Si existieran más dioses que Dios, sería el caos. Y qué está por encima de
toda realidad humana
2. Que Él es el Creador de todas las cosas y, en consecuencia, que no nos
bastamos con nosotros mismos:
“El hombre se vuelve un ser impío en cuanto se considera autosuficiente”.
3. De este principio de unidad y de esta conciencia de nuestra ‘dependencia’
del Dios Creador —siendo la autosuficiencia lo contrario de la
trascendencia— fluye el tercer aspecto de la fe en la trascendencia: el
reconocimiento de los valores absolutos que están por encima de los
intereses egoístas de los individuos, de los grupos y de las naciones.
De la comunidad de los hombres
La segunda revelación del mensaje es, después de la trascendencia, la
comunidad (Ummah). El principio comunitario es contrario al que rige el
individualismo. Para éste, el hombre como individuo es el centro y la medida
de todas las cosas.
En la perspectiva islámica de la comunidad, cada cual tiene conciencia de
ser personalmente responsable de todos los demás. La humanidad es una porque
Dios, su Creador, es uno. Todos los hombres tienen el mismo origen y son
creados para el mismo fin:
“Todos los hombres constituyen una misma comunidad”.
De su responsabilidad
La tercera revelación del mensaje, después de la trascendencia y la
comunidad, es la responsabilidad. El Islam es contrario al fatalismo y a la
resignación. Es una fuerza subversiva e innovadora porque incluye únicamente
sumisión a la voluntad de Dios y hace que el hombre sea responsable del
cumplimiento de la orden divina sobre la tierra.
Todo en la naturaleza está sometido a la ley de Dios, es ‘muslim’ (musulmán
quiere decir “sometido a Dios”): una piedra en su caída, un árbol en su
crecimiento, un animal en sus instintos, están sometidos a la ley de Dios:
“Nuestro Señor es el que ha dado a cada cosa su forma y su ley, y la ha
guiado hasta su pleno desarrollo.
Sólo el ser humano tiene el terrible privilegio de poder desobedecer:
“Hemos propuesto este mandato —ámana— [de la fe, de la libertad y, por
tanto, de la responsabilidad] a los Cielos, a la tierra, y a las montañas,
pero todos se han negado a asumirlo; tuvieron miedo. El hombre, en cambio,
se hizo cargo. Es, ciertamente, muy impío, muy ignorante.
Si se convierte en ‘musulmán’, es decir, si responde incondicionalmente a la
llamada de Dios, según el ejemplo de Abraham, “el Padre de la fe”, mediante
la aceptación de ser guiado por Dios, lo hace por un acto voluntario, libre
y responsable.
Por eso Dios hace que los ángeles —los cuales no tienen poder de
desobedecer— se inclinen ante él.
“Cuando haya insuflado en él de Mi Espíritu, prosternáos ante él.”
Cuando en el Corán se dice ‘no’ a la enemistad en materia religiosa —2-256—
no se trata únicamente de excluir la enemistad física, militar o policial,
sino también toda inquietud interior, espiritual; el Corán subraya:
“La verdad emana de vuestro Señor, así pues el que quiera que crea y el que
no, que permanezca incrédulo”
También Dios dice:
“Le hemos mostrado el camino justo, que lo acepte con agradecimiento o que
lo rechace.
Dios, nos dice el Corán, ha hecho del hombre su jalifa en la tierra. Un
jalifa no es un ejecutante subalterno y pasivo, sino un dirigente
responsable, encargado de tomar decisiones. Esta función no es privilegio de
algunos: es la tarea de todo musulmán:
“Vosotros los creyentes, sois responsables de vosotros mismos.
La quiebra de una civilización
Proclamar “Allahu Akbar” —Dios es el más Grande— es relativizar todo poder,
toda riqueza y todo saber. Ante este grito de fe, hemos visto bajar las
armas de las más insolentes armadas.
La necesidad de este mensaje expresa hoy la más evidente quiebra espiritual
del Occidente. Miles de hombres y mujeres en todo el mundo que aman el
futuro, sea cual sea su fe, se dan cuenta de que la civilización ha caído en
quiebra, y de que abandonarse a sus embates conduce a un suicidio
planetario.
La deuda de los países del llamado Tercer Mundo se agrava de año en año, y
la separación no cesa de acrecentarse: el Norte siendo cada vez más rico y
el Sur cada vez más pobre.
Después de cinco siglos de hegemonía sin tregua de Occidente en el mundo
entero, no podríamos imaginar una gestión planetaria más desastrosa.
La causa profunda de esta política del Occidente —desde lo que denomina su
‘Renacimiento’, es decir, desde el nacimiento simultáneo en la Europa del
siglo XVI del capitalismo y del colonialismo— es el abandono de la fe y su
sustitución por la voluntad de poder.
A partir del momento en que una comunidad no reconoce unos valores definidos
para encauzar la acción, ya no le queda más que los enfrentamientos entre
las voluntades de poder, de placer y de crecimiento. Es la guerra de todos
contra todos.
Occidente se encuentra en esta situación. Su verdadera religión es la fe
ciega en un dios escondido: el acrecentamiento, es decir, el deseo de
producir más y más, y cada vez más deprisa, no importa qué cosa sea: útil,
inútil, nos sirva o sea mortal como el armamento, que es una de sus
industrias más rentables. Este dios escondido es un dios cruel: exige
sacrificios humanos.
Lo que caracteriza al culto de este falso dios, es que prima la capacidad
del hombre sobre la trascendencia de Dios, y el individualismo sobre la
comunidad.
La ‘presunción’ del hombre está proclamada, desde el Renacimiento, en el
Fausto de Marlowe: “Hombre: por tu poderoso cerebro, conviértete en un dios,
dueño y señor de todos los elementos”.
El individualismo es la vuelta, desde el pretendido ‘Renacimiento’, a la
máxima de los sofistas de la antigua Grecia: “El hombre es el centro y la
medida de todas las cosas”.
Esta quiebra de civilización ha engendrado una cultura de la desesperanza.
Los falsos profetas de la nada y del absurdo reflejan este caos como si
fuera inevitable y eterno, en lugar de intentar superarlo; enseñan a nuestra
juventud que la vida no tiene sentido.
Si la vida no tiene sentido, todo es lícito, hasta el crimen. Y nos
entregamos a todas las violencias animales entre los individuos, los grupos
y las naciones: el “equilibrio de terror” se convierte en la ley de estas
relaciones bestiales entre los hombres, en todos los niveles de la vida
social.
La negación del sentido de la vida y de la existencia de los valores
absolutos ha hecho de la ciencia y de la técnica, admirables medios al
servicio del hombre, unos fines en sí mismos, tratando de hacernos creer que
la ciencia y la técnica pueden resolver todos nuestros problemas, y que los
problemas que ellas no resuelven —los del amor, de la belleza, del sentido
de la vida— no existen.
Esta “religión de medios”, erigiendo unos medios para sus propios fines
—creando falsos dioses; ciencia, técnica, estado, dinero, sexualidad,
desarrollo— ha creado un nuevo politeísmo y nuevas supersticiones, ha
transformado la ciencia en positivismo, la técnica en tecnología, la
política en maquiavelismo.
El problema fundamental es, pues, devolver al hombre sus dimensiones
propiamente humanas: la fe en la trascendencia, en Dios, en la comunidad
humana, y la conciencia de nuestra responsabilidad personal.
El Islam como alternativa
Decir que el Islam puede hoy aportar soluciones a los problemas planteados
por la quiebra de la hegemonía occidental no significa:
—Que pueda llevarlo a cabo solo.
—Que guarde soluciones preparadas para los problemas de nuestro tiempo.
Por el contrario, los dos principales obstáculos para el florecimiento del
Islam contemporáneo son:
a) La presunción y la ignorancia de los otros. El Islam temprano, el del
primer siglo de la Hégira, se extendió en menos de un siglo desde el Indo a
los Pirineos, no por la conquista militar, sino porque supo integrar a todas
las grandes culturas anteriores y extraer una síntesis inédita, creadora, y
porque millones de creyentes de todas las religiones se han identificado con
él. El Islam sólo puede reemprender su marcha mediante la apertura a todas
las sabidurías y a todas las creencias que pueda reunir.
b) El triunfalismo, la presunción mortal de poseer respuestas hechas,
formuladas mil años atrás por sus juristas y sus tradiciones.
Decir que el Corán “no ha omitido nada” es decir que nos ha dado un sendero
eterno, que ha definido los últimos y absolutos fines de nuestra acción. Lo
que no excluye la responsabilidad, para el hombre, de descubrir en cada
época, en condiciones siempre nuevas, los medios de realizar estos fines.
Tratar de deducir del Corán o de la Sunnah una economía política acabada,
una constitución política, o una enciclopedia sería reducir de forma
ridícula el mensaje eterno a unas instituciones o teorías transitorias y
coyunturales.
El mensaje revelado nos aporta infinitamente más: los fines, los principios
rectores eternos, inmutables, encaminando nuestra vida interior y todas
nuestras acciones, públicas o privadas; para elaborar, en cada época, por
medio de su interpelación siempre nueva, las respuestas a los problemas de
la economía, la política y la cultura contemporáneas.
Estos principios son simples:
—en el plano económico: sólo Dios posee;
—en el plano político: sólo Dios gobierna;
—en el plano cultural: sólo Dios sabe.
Sólo Dios posee
“Todo lo que está en el cielo y en la tierra pertenece a Dios” dice el
Corán.
El hombre, su jalifa sobre la tierra, está encargado de dirigir, en el
camino de Dios, esta propiedad.
Esta concepción es opuesta a la del derecho romano que define la propiedad
como “el derecho de utilizar y de abusar”.
Para el musulmán, por el contrario, los deberes son anteriores a los
derechos.
El hombre, responsable de la propiedad de Dios, no puede disponer de ella a
su gusto: no puede destruirla según su capricho, no puede gastarla, no puede
dejarla en baldío, sin darle productividad por su trabajo, no puede
amontonarla:
“Anuncia un doloroso castigo a los que atesoran el oro y la plata sin gastar
nada en el camino de Dios.
Y la peor maldición, en el Corán, es la formulada contra el rico Abu Lahab,
al cual su misma fortuna le condena: “que sus dos manos mueran, y que muera
él mismo”, y es prometido a las llamas infernales (Sura 111).
Todas las prescripciones del Corán, particularmente el zakat, transferencia
social de la riqueza como exigencia religiosa, y la prohibición del riba, es
decir, de todo enriquecimiento sin trabajo al servicio de Dios, tienden a
impedir la acumulación de la riqueza en un polo de la sociedad y de la
miseria en el otro.
Dios, en el Corán, excluye radicalmente todo régimen social en el cual el
dinero sea el fundamento de una jerarquía política. Por el contrario, dice
sin lugar a dudas:
“Cuando queremos destruir una ciudad... hacemos a los ricos detentadores del
poder.
Sólo Dios gobierna
El Profeta creó en Medina una comunidad de un tipo radicalmente nuevo, que
no está basada en el linaje, ni en la raza, ni en la posesión de un
territorio, ni en unas relaciones de mercado, ni siquiera en una cultura
común o en una historia; en definitiva, que no se fundamenta sobre nada que
emane del pasado y que sea una herencia recibida, sino que crea una
comunidad fundada exclusivamente en la fe, en esa respuesta incondicional a
la llamada de Dios, cuyo ejemplo eterno nos lo ha dado Abraham. Tal
comunidad está abierta a todos, sin considerar el origen.
Nada, por ejemplo, es más contrario al espíritu de esta Ummah musulmana que
la idea occidental del nacionalismo, es decir, de un mercado protegido por
un Estado, y justificado por una mitología racial, histórica, o cultural. Se
tiende hacer de la “nación” un fin en sí, en contradicción con la unidad
humana, que es un caso particular del tawhid, llave de la bóveda de toda
visión islámica del mundo.
Así mismo el principio coránico de la shura, de la concertación, exige que
en todo dominio y a todos los niveles, los miembros de la comunidad sean
consultados para participar, bajo la mirada de Dios, en la elaboración y en
la aplicación de las decisiones de cuyo destino depende. Este principio
excluye a la vez todo el despotismo de un hombre, de una clase o de un
partido, así como toda forma de democracia puramente estadística, delegada y
alienada.
Con respecto a la economía, nos atañe descubrir los medios para alcanzar
estos fines, para aplicar estos principios inevitables en las condiciones
históricas inéditas de nuestras sociedades, combatiendo el positivismo
tecnocrático, el maquiavelismo político, los enfrentamientos nacionalistas
arcaicos y perversos, los intercambios desiguales, la polarización de los
bloques, y los equilibrios del temor.
Sólo Dios sabe
Al mismo tiempo que del triunfalismo esterilizador, debemos guardarnos de la
ilusión de que se pueda encontrar en el pasado, sin esfuerzo de reflexión y
de búsqueda, unas soluciones económicas para resolver nuestros problemas
actuales, o bien una constitución política resuelta.
Sería pueril reducir el Corán a una Enciclopedia, dispensando el esfuerzo
encarnizado de búsqueda científica y técnica que hizo del mundo islámico el
centro radiante de la cultura mundial en tiempo de la Universidad, esfuerzo
de traducción y de asimilación de todas las grandes culturas del pasado, de
Grecia y de Roma, de Persia y de la India, según la obligación islámica de
ir a buscar la ciencia hasta en la China. De ese esfuerzo nació una síntesis
original y una cultura orientada por la fe.
El principio de base es que, al igual que sólo Dios posee, sólo Dios
gobierna y sólo Dios sabe. Esto excluye la pretensión faraónica de usurpar
el poder de Dios, o la ilusión de conservar un saber adquirido, absoluto,
alcanzando un conocimiento de las causas primarias y de los últimos fines.
El ejemplo de la Universidad Musulmana de Córdoba en el siglo X constituye,
bajo este punto de vista, un modelo a través del cual hacer revivir el
espíritu para desarrollar, en nuestra época, las ciencias de tal forma que
no sirvan para la destrucción del hombre, sino para su expansión hacia el
camino de Dios.
En esta Universidad Musulmana de Córdoba, de los siglos X al XIII, floreció
la cultura en su forma total bajo tres aspectos:
— La ciencia: creando un método experimental para descubrir las relaciones
entre las cosas y la interrelación de las causas.
— La Sabiduría: como reflexión sobre el sentido de cada cosa, de su relación
con Dios, en un mundo armonioso y único, donde la vida tiene una
significación y una meta.
— La fe: como testigo de que la ciencia no alcanza jamás la causa primera,
ni la sabiduría el último final. La fe como conciencia de nuestros límites y
de nuestros postulados. La fe como razón sin fronteras.
Tal concepción de la ciencia y de las técnicas permitiría hoy, y es lo que
le da su actualidad, impedir que nos conduzcan a un suicidio planetario.
¿Cómo trabajar en este renacimiento del Islam?
Primeramente aprendiendo a leer el Corán, la “sunna de Dios”, y la del
Profeta, tal y como el Corán nos ordena leerlo:
—No leer el Corán ni la Sunna con ojos de muerto.
—Dios ha dictado el Corán. Ha inspirado al Profeta.
Son hombres, sin embargo, los que han escuchado e interpretado la “Sunna de
Dios” y del Profeta. Hombres de fe y juristas pertenecientes a una época
determinada de la historia. Nos apartamos de los estudios con respeto y con
toda nuestra fe, con el deseo de resolver, según su ejemplo, nuestros
problemas inspirándonos en unos métodos ideados para vivir el Corán en el
nuevo imperio árabe, es decir, en unas condiciones históricas profundamente
diferentes a las de la comunidad de Medina.
No debemos dividirnos entre musulmanes tomando parte en querellas de otras
épocas. Aquellos que actualmente dividen a los sunnitas de los chiítas son
enemigos de todos los musulmanes. Pues no existe más que un Islam.
No debemos tomar partido entre las escuelas jurídicas, porque cada una de
ellas ha intentado resolver los problemas de otros tiempos y de otros
pueblos. Su tarea no era la de resolver los nuestros, ni la de eludirnos de
esta responsabilidad.
El Profeta Muhámmad ha aportado un mensaje eterno y universal, dirigiéndose
a todas las familias de la tierra.
Está dicho en el Corán “Dios está presente en cada realidad nueva” (IV, 29).
Y “no cesa de crear” (XXXV, 1). “Es el Viviente” (II, 255). No se dirige a
seres muertos: debemos responder a esta interpelación eternamente viviente.
— Sin imitación de Occidente.
— Sin imitación del pasado.
Consiste en imitar al Occidente desligar del Corán 220 versículos
legislativos de entre más de 6.300, tratándolos según los métodos juristas
romanos, es decir, tomarlos literalmente como artículos de leyes y deducir
mecánicamente su aplicación, cualquiera que sea la época y la circunstancia.
La revelación del Corán es opuesta al derecho romano. El derecho romano
anuncia leyes abstractas de donde no queda más que deducir, por vía de
silogismos, a la manera de Aristóteles, las consecuencias aplicables a tal o
cual caso concreto.
La revelación del Corán nos da ejemplos concretos de soluciones aportadas a
un problema histórico determinado a partir de unos valores absolutos, de los
principios inevitables y eternos emanados del mensaje.
Dios nos dice:
“Hemos propuesto a los hombres, en este Corán, toda clase de ejemplos.
Probablemente reflexionarán”
Esta “reflexión sobre los ejemplos” no debe ser una deducción mecánica, una
caída del principio a sus consecuencias, sino, al contrario, una elevación,
a partir del ejemplo histórico concreto, al principio eterno, absoluto, que
ha inspirado esta solución y, después de haber reflexionado, volver hacia lo
concreto para encontrar, por analogía, una respuesta a un problema histórico
nuevo, inédito.
Trabajo realizado por Sandra Navarro
El Islam del siglo XXI no puede ser más que el Islam eterno, pues el Islam
no es una religión entre otras, sino la religión fundamental y primera desde
Adam hasta nosotros, desde que Dios, como dice el Corán:
“...insufló en el hombre Su espíritu.”
No hay un Islam de Occidente y un Islam del África Negra, ni de Arabia ó la
India, ni un Islam de Indonesia. No hay más que un sólo Islam, aquél que el
Corán denomina “la sunna de Dios”, la continuidad de las revelaciones
proféticas en el último mensaje, el de Muhámmad.
Nuestra tarea primordial es la de atestiguar nuestra creencia islámica
viviéndola en su universalidad, y no la de defender un folklore y unas
tradiciones culturales particulares.
El profeta Muhámmad jamás pretendió crear una religión nueva —“No soy un
innovador entre los profetas”. — sino que viene a recordar a todos los
hombres la religión primordial:
“Así pues, dirige tu rostro con firmeza hacia la fe verdadera y perenne,
como hanif, conforme a la disposición natural que Dios ha infundido al
hombre: pues no permitir que ningún cambio corrompa lo que Dios ha creado
así, tal es el propósito de la fe verdadera y perenne; pero la mayoría de la
gente no lo sabe.
“Decid: Creemos en Dios, en lo que nos ha sido revelado, en lo que le fue
revelado a Abraham, a Ismail, a Isaac, a Jacob, y a las tribus. Creemos en
lo que le fue dado a Moisés, a Jesús, y a lo que se le otorgó a los Profetas
de su Señor. No hacemos distinción alguna entre ellos y lo someternos a
Dios.
El profeta Muhámmad ha sido enviado por Dios para confirmar los mensajes
anteriores, purificándolos de las alteraciones históricas a las que han sido
sometidos, y completarlos.
Se exige al musulmán que honre a los profetas anteriores, lo que implica el
conocimiento de ellos. Así lo dice el Corán:
“Si tienes duda sobre aquello que te hemos revelado, pregunta a los que
leían la Escritura revelada con anterioridad a ti”.
Nuestra fe se verá empobrecida si la proclamamos como la mejor ¡simplemente
porque ignoramos las restantes! El encerrarnos en nosotros mismos, la
vanidad y la autosuficiencia son, actualmente, los obstáculos mayores para
la difusión del Islam en el mundo no musulmán.
El mensaje esencial y universal del Islam, denominador común de todas las
religiones y de todas las sabidurías del mundo, abarca lo siguiente:
— De la trascendencia y unidad de Dios.
— De la comunidad de los hombres.
— De su responsabilidad.
De la trascendencia
La trascendencia implica las afirmaciones siguientes:
1. La seguridad de que Dios es único —Tawhid:
“Si existieran más dioses que Dios, sería el caos. Y qué está por encima de
toda realidad humana
2. Que Él es el Creador de todas las cosas y, en consecuencia, que no nos
bastamos con nosotros mismos:
“El hombre se vuelve un ser impío en cuanto se considera autosuficiente”.
3. De este principio de unidad y de esta conciencia de nuestra ‘dependencia’
del Dios Creador —siendo la autosuficiencia lo contrario de la
trascendencia— fluye el tercer aspecto de la fe en la trascendencia: el
reconocimiento de los valores absolutos que están por encima de los
intereses egoístas de los individuos, de los grupos y de las naciones.
De la comunidad de los hombres
La segunda revelación del mensaje es, después de la trascendencia, la
comunidad (Ummah). El principio comunitario es contrario al que rige el
individualismo. Para éste, el hombre como individuo es el centro y la medida
de todas las cosas.
En la perspectiva islámica de la comunidad, cada cual tiene conciencia de
ser personalmente responsable de todos los demás. La humanidad es una porque
Dios, su Creador, es uno. Todos los hombres tienen el mismo origen y son
creados para el mismo fin:
“Todos los hombres constituyen una misma comunidad”.
De su responsabilidad
La tercera revelación del mensaje, después de la trascendencia y la
comunidad, es la responsabilidad. El Islam es contrario al fatalismo y a la
resignación. Es una fuerza subversiva e innovadora porque incluye únicamente
sumisión a la voluntad de Dios y hace que el hombre sea responsable del
cumplimiento de la orden divina sobre la tierra.
Todo en la naturaleza está sometido a la ley de Dios, es ‘muslim’ (musulmán
quiere decir “sometido a Dios”): una piedra en su caída, un árbol en su
crecimiento, un animal en sus instintos, están sometidos a la ley de Dios:
“Nuestro Señor es el que ha dado a cada cosa su forma y su ley, y la ha
guiado hasta su pleno desarrollo.
Sólo el ser humano tiene el terrible privilegio de poder desobedecer:
“Hemos propuesto este mandato —ámana— [de la fe, de la libertad y, por
tanto, de la responsabilidad] a los Cielos, a la tierra, y a las montañas,
pero todos se han negado a asumirlo; tuvieron miedo. El hombre, en cambio,
se hizo cargo. Es, ciertamente, muy impío, muy ignorante.
Si se convierte en ‘musulmán’, es decir, si responde incondicionalmente a la
llamada de Dios, según el ejemplo de Abraham, “el Padre de la fe”, mediante
la aceptación de ser guiado por Dios, lo hace por un acto voluntario, libre
y responsable.
Por eso Dios hace que los ángeles —los cuales no tienen poder de
desobedecer— se inclinen ante él.
“Cuando haya insuflado en él de Mi Espíritu, prosternáos ante él.”
Cuando en el Corán se dice ‘no’ a la enemistad en materia religiosa —2-256—
no se trata únicamente de excluir la enemistad física, militar o policial,
sino también toda inquietud interior, espiritual; el Corán subraya:
“La verdad emana de vuestro Señor, así pues el que quiera que crea y el que
no, que permanezca incrédulo”
También Dios dice:
“Le hemos mostrado el camino justo, que lo acepte con agradecimiento o que
lo rechace.
Dios, nos dice el Corán, ha hecho del hombre su jalifa en la tierra. Un
jalifa no es un ejecutante subalterno y pasivo, sino un dirigente
responsable, encargado de tomar decisiones. Esta función no es privilegio de
algunos: es la tarea de todo musulmán:
“Vosotros los creyentes, sois responsables de vosotros mismos.
La quiebra de una civilización
Proclamar “Allahu Akbar” —Dios es el más Grande— es relativizar todo poder,
toda riqueza y todo saber. Ante este grito de fe, hemos visto bajar las
armas de las más insolentes armadas.
La necesidad de este mensaje expresa hoy la más evidente quiebra espiritual
del Occidente. Miles de hombres y mujeres en todo el mundo que aman el
futuro, sea cual sea su fe, se dan cuenta de que la civilización ha caído en
quiebra, y de que abandonarse a sus embates conduce a un suicidio
planetario.
La deuda de los países del llamado Tercer Mundo se agrava de año en año, y
la separación no cesa de acrecentarse: el Norte siendo cada vez más rico y
el Sur cada vez más pobre.
Después de cinco siglos de hegemonía sin tregua de Occidente en el mundo
entero, no podríamos imaginar una gestión planetaria más desastrosa.
La causa profunda de esta política del Occidente —desde lo que denomina su
‘Renacimiento’, es decir, desde el nacimiento simultáneo en la Europa del
siglo XVI del capitalismo y del colonialismo— es el abandono de la fe y su
sustitución por la voluntad de poder.
A partir del momento en que una comunidad no reconoce unos valores definidos
para encauzar la acción, ya no le queda más que los enfrentamientos entre
las voluntades de poder, de placer y de crecimiento. Es la guerra de todos
contra todos.
Occidente se encuentra en esta situación. Su verdadera religión es la fe
ciega en un dios escondido: el acrecentamiento, es decir, el deseo de
producir más y más, y cada vez más deprisa, no importa qué cosa sea: útil,
inútil, nos sirva o sea mortal como el armamento, que es una de sus
industrias más rentables. Este dios escondido es un dios cruel: exige
sacrificios humanos.
Lo que caracteriza al culto de este falso dios, es que prima la capacidad
del hombre sobre la trascendencia de Dios, y el individualismo sobre la
comunidad.
La ‘presunción’ del hombre está proclamada, desde el Renacimiento, en el
Fausto de Marlowe: “Hombre: por tu poderoso cerebro, conviértete en un dios,
dueño y señor de todos los elementos”.
El individualismo es la vuelta, desde el pretendido ‘Renacimiento’, a la
máxima de los sofistas de la antigua Grecia: “El hombre es el centro y la
medida de todas las cosas”.
Esta quiebra de civilización ha engendrado una cultura de la desesperanza.
Los falsos profetas de la nada y del absurdo reflejan este caos como si
fuera inevitable y eterno, en lugar de intentar superarlo; enseñan a nuestra
juventud que la vida no tiene sentido.
Si la vida no tiene sentido, todo es lícito, hasta el crimen. Y nos
entregamos a todas las violencias animales entre los individuos, los grupos
y las naciones: el “equilibrio de terror” se convierte en la ley de estas
relaciones bestiales entre los hombres, en todos los niveles de la vida
social.
La negación del sentido de la vida y de la existencia de los valores
absolutos ha hecho de la ciencia y de la técnica, admirables medios al
servicio del hombre, unos fines en sí mismos, tratando de hacernos creer que
la ciencia y la técnica pueden resolver todos nuestros problemas, y que los
problemas que ellas no resuelven —los del amor, de la belleza, del sentido
de la vida— no existen.
Esta “religión de medios”, erigiendo unos medios para sus propios fines
—creando falsos dioses; ciencia, técnica, estado, dinero, sexualidad,
desarrollo— ha creado un nuevo politeísmo y nuevas supersticiones, ha
transformado la ciencia en positivismo, la técnica en tecnología, la
política en maquiavelismo.
El problema fundamental es, pues, devolver al hombre sus dimensiones
propiamente humanas: la fe en la trascendencia, en Dios, en la comunidad
humana, y la conciencia de nuestra responsabilidad personal.
El Islam como alternativa
Decir que el Islam puede hoy aportar soluciones a los problemas planteados
por la quiebra de la hegemonía occidental no significa:
—Que pueda llevarlo a cabo solo.
—Que guarde soluciones preparadas para los problemas de nuestro tiempo.
Por el contrario, los dos principales obstáculos para el florecimiento del
Islam contemporáneo son:
a) La presunción y la ignorancia de los otros. El Islam temprano, el del
primer siglo de la Hégira, se extendió en menos de un siglo desde el Indo a
los Pirineos, no por la conquista militar, sino porque supo integrar a todas
las grandes culturas anteriores y extraer una síntesis inédita, creadora, y
porque millones de creyentes de todas las religiones se han identificado con
él. El Islam sólo puede reemprender su marcha mediante la apertura a todas
las sabidurías y a todas las creencias que pueda reunir.
b) El triunfalismo, la presunción mortal de poseer respuestas hechas,
formuladas mil años atrás por sus juristas y sus tradiciones.
Decir que el Corán “no ha omitido nada” es decir que nos ha dado un sendero
eterno, que ha definido los últimos y absolutos fines de nuestra acción. Lo
que no excluye la responsabilidad, para el hombre, de descubrir en cada
época, en condiciones siempre nuevas, los medios de realizar estos fines.
Tratar de deducir del Corán o de la Sunnah una economía política acabada,
una constitución política, o una enciclopedia sería reducir de forma
ridícula el mensaje eterno a unas instituciones o teorías transitorias y
coyunturales.
El mensaje revelado nos aporta infinitamente más: los fines, los principios
rectores eternos, inmutables, encaminando nuestra vida interior y todas
nuestras acciones, públicas o privadas; para elaborar, en cada época, por
medio de su interpelación siempre nueva, las respuestas a los problemas de
la economía, la política y la cultura contemporáneas.
Estos principios son simples:
—en el plano económico: sólo Dios posee;
—en el plano político: sólo Dios gobierna;
—en el plano cultural: sólo Dios sabe.
Sólo Dios posee
“Todo lo que está en el cielo y en la tierra pertenece a Dios” dice el
Corán.
El hombre, su jalifa sobre la tierra, está encargado de dirigir, en el
camino de Dios, esta propiedad.
Esta concepción es opuesta a la del derecho romano que define la propiedad
como “el derecho de utilizar y de abusar”.
Para el musulmán, por el contrario, los deberes son anteriores a los
derechos.
El hombre, responsable de la propiedad de Dios, no puede disponer de ella a
su gusto: no puede destruirla según su capricho, no puede gastarla, no puede
dejarla en baldío, sin darle productividad por su trabajo, no puede
amontonarla:
“Anuncia un doloroso castigo a los que atesoran el oro y la plata sin gastar
nada en el camino de Dios.
Y la peor maldición, en el Corán, es la formulada contra el rico Abu Lahab,
al cual su misma fortuna le condena: “que sus dos manos mueran, y que muera
él mismo”, y es prometido a las llamas infernales (Sura 111).
Todas las prescripciones del Corán, particularmente el zakat, transferencia
social de la riqueza como exigencia religiosa, y la prohibición del riba, es
decir, de todo enriquecimiento sin trabajo al servicio de Dios, tienden a
impedir la acumulación de la riqueza en un polo de la sociedad y de la
miseria en el otro.
Dios, en el Corán, excluye radicalmente todo régimen social en el cual el
dinero sea el fundamento de una jerarquía política. Por el contrario, dice
sin lugar a dudas:
“Cuando queremos destruir una ciudad... hacemos a los ricos detentadores del
poder.
Sólo Dios gobierna
El Profeta creó en Medina una comunidad de un tipo radicalmente nuevo, que
no está basada en el linaje, ni en la raza, ni en la posesión de un
territorio, ni en unas relaciones de mercado, ni siquiera en una cultura
común o en una historia; en definitiva, que no se fundamenta sobre nada que
emane del pasado y que sea una herencia recibida, sino que crea una
comunidad fundada exclusivamente en la fe, en esa respuesta incondicional a
la llamada de Dios, cuyo ejemplo eterno nos lo ha dado Abraham. Tal
comunidad está abierta a todos, sin considerar el origen.
Nada, por ejemplo, es más contrario al espíritu de esta Ummah musulmana que
la idea occidental del nacionalismo, es decir, de un mercado protegido por
un Estado, y justificado por una mitología racial, histórica, o cultural. Se
tiende hacer de la “nación” un fin en sí, en contradicción con la unidad
humana, que es un caso particular del tawhid, llave de la bóveda de toda
visión islámica del mundo.
Así mismo el principio coránico de la shura, de la concertación, exige que
en todo dominio y a todos los niveles, los miembros de la comunidad sean
consultados para participar, bajo la mirada de Dios, en la elaboración y en
la aplicación de las decisiones de cuyo destino depende. Este principio
excluye a la vez todo el despotismo de un hombre, de una clase o de un
partido, así como toda forma de democracia puramente estadística, delegada y
alienada.
Con respecto a la economía, nos atañe descubrir los medios para alcanzar
estos fines, para aplicar estos principios inevitables en las condiciones
históricas inéditas de nuestras sociedades, combatiendo el positivismo
tecnocrático, el maquiavelismo político, los enfrentamientos nacionalistas
arcaicos y perversos, los intercambios desiguales, la polarización de los
bloques, y los equilibrios del temor.
Sólo Dios sabe
Al mismo tiempo que del triunfalismo esterilizador, debemos guardarnos de la
ilusión de que se pueda encontrar en el pasado, sin esfuerzo de reflexión y
de búsqueda, unas soluciones económicas para resolver nuestros problemas
actuales, o bien una constitución política resuelta.
Sería pueril reducir el Corán a una Enciclopedia, dispensando el esfuerzo
encarnizado de búsqueda científica y técnica que hizo del mundo islámico el
centro radiante de la cultura mundial en tiempo de la Universidad, esfuerzo
de traducción y de asimilación de todas las grandes culturas del pasado, de
Grecia y de Roma, de Persia y de la India, según la obligación islámica de
ir a buscar la ciencia hasta en la China. De ese esfuerzo nació una síntesis
original y una cultura orientada por la fe.
El principio de base es que, al igual que sólo Dios posee, sólo Dios
gobierna y sólo Dios sabe. Esto excluye la pretensión faraónica de usurpar
el poder de Dios, o la ilusión de conservar un saber adquirido, absoluto,
alcanzando un conocimiento de las causas primarias y de los últimos fines.
El ejemplo de la Universidad Musulmana de Córdoba en el siglo X constituye,
bajo este punto de vista, un modelo a través del cual hacer revivir el
espíritu para desarrollar, en nuestra época, las ciencias de tal forma que
no sirvan para la destrucción del hombre, sino para su expansión hacia el
camino de Dios.
En esta Universidad Musulmana de Córdoba, de los siglos X al XIII, floreció
la cultura en su forma total bajo tres aspectos:
— La ciencia: creando un método experimental para descubrir las relaciones
entre las cosas y la interrelación de las causas.
— La Sabiduría: como reflexión sobre el sentido de cada cosa, de su relación
con Dios, en un mundo armonioso y único, donde la vida tiene una
significación y una meta.
— La fe: como testigo de que la ciencia no alcanza jamás la causa primera,
ni la sabiduría el último final. La fe como conciencia de nuestros límites y
de nuestros postulados. La fe como razón sin fronteras.
Tal concepción de la ciencia y de las técnicas permitiría hoy, y es lo que
le da su actualidad, impedir que nos conduzcan a un suicidio planetario.
¿Cómo trabajar en este renacimiento del Islam?
Primeramente aprendiendo a leer el Corán, la “sunna de Dios”, y la del
Profeta, tal y como el Corán nos ordena leerlo:
—No leer el Corán ni la Sunna con ojos de muerto.
—Dios ha dictado el Corán. Ha inspirado al Profeta.
Son hombres, sin embargo, los que han escuchado e interpretado la “Sunna de
Dios” y del Profeta. Hombres de fe y juristas pertenecientes a una época
determinada de la historia. Nos apartamos de los estudios con respeto y con
toda nuestra fe, con el deseo de resolver, según su ejemplo, nuestros
problemas inspirándonos en unos métodos ideados para vivir el Corán en el
nuevo imperio árabe, es decir, en unas condiciones históricas profundamente
diferentes a las de la comunidad de Medina.
No debemos dividirnos entre musulmanes tomando parte en querellas de otras
épocas. Aquellos que actualmente dividen a los sunnitas de los chiítas son
enemigos de todos los musulmanes. Pues no existe más que un Islam.
No debemos tomar partido entre las escuelas jurídicas, porque cada una de
ellas ha intentado resolver los problemas de otros tiempos y de otros
pueblos. Su tarea no era la de resolver los nuestros, ni la de eludirnos de
esta responsabilidad.
El Profeta Muhámmad ha aportado un mensaje eterno y universal, dirigiéndose
a todas las familias de la tierra.
Está dicho en el Corán “Dios está presente en cada realidad nueva” (IV, 29).
Y “no cesa de crear” (XXXV, 1). “Es el Viviente” (II, 255). No se dirige a
seres muertos: debemos responder a esta interpelación eternamente viviente.
— Sin imitación de Occidente.
— Sin imitación del pasado.
Consiste en imitar al Occidente desligar del Corán 220 versículos
legislativos de entre más de 6.300, tratándolos según los métodos juristas
romanos, es decir, tomarlos literalmente como artículos de leyes y deducir
mecánicamente su aplicación, cualquiera que sea la época y la circunstancia.
La revelación del Corán es opuesta al derecho romano. El derecho romano
anuncia leyes abstractas de donde no queda más que deducir, por vía de
silogismos, a la manera de Aristóteles, las consecuencias aplicables a tal o
cual caso concreto.
La revelación del Corán nos da ejemplos concretos de soluciones aportadas a
un problema histórico determinado a partir de unos valores absolutos, de los
principios inevitables y eternos emanados del mensaje.
Dios nos dice:
“Hemos propuesto a los hombres, en este Corán, toda clase de ejemplos.
Probablemente reflexionarán”
Esta “reflexión sobre los ejemplos” no debe ser una deducción mecánica, una
caída del principio a sus consecuencias, sino, al contrario, una elevación,
a partir del ejemplo histórico concreto, al principio eterno, absoluto, que
ha inspirado esta solución y, después de haber reflexionado, volver hacia lo
concreto para encontrar, por analogía, una respuesta a un problema histórico
nuevo, inédito.
Trabajo realizado por Sandra Navarro


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